Hemos seguido con mucha atención parte importante del debate político en lo relativo a la posible implementación de la inscripción automática y el voto voluntario antes de las próximas elecciones presidenciales.
La angustia expresada por diversos sectores de la política tradicional es plenamente justificada. De alguna manera -y expresando lúdicamente nuestra opinión- esa angustia se parece mucho a cuando los profesores anunciaban en clases que se venía una revisión de cuadernos. La idea de conseguirse la materia de diversos ramos en el menor tiempo posible causaba revuelo y angustia, especialmente cuando estas revisiones suponían una nota directa al libro.
Ese estado de convulsión y poca certeza frente al resultado, era lógico y plenamente comprensible respecto de quienes no se habían preocupado (u ocupado) de mantenerse al día con las materias. De hacer diariamente lo que se tenía que hacer para que el resultado último fuese exitoso.
A propósito de la cuestión electoral, la potencial incorporación de casi cuatro millones de personas al sistema, produce angustia en sectores políticos relevantes de la vida nacional. No hay mayor claridad sobre la conducta que tendrá esta masa de votantes que eventualmente se integre. Tampoco sabemos nada acerca de los que venían votando pero estaban hastiados y desde ahora ya no lo harán. ¿Los partidos se preguntarán en algún momento si han hecho bien sus tareas, si han hecho un esfuerzo honesto por mantenerse al día en las materias?.
El 25 de Diciembre del 2008, El Mercurio publicó parte de un estudio más amplio acerca de las materias que son de interés para un segmento importante de estudiantes secundarios de la región metropolitana. Entre los resultados de esta investigación a cargo del Centro de Estudios Sociales y Opinión Pública de
Sobre este estudio no hubo reacciones de ningún origen. Ni columnistas certeros ni voceros de partido. Comprendemos que el resultado de ese estudio sea una incógnita mayor para el mundo de la cosa pública, para los actores políticos más concretamente, tan acostumbrados a mirarse cotidianamente el ombligo.
Carlos
Con
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