domingo, 26 de octubre de 2008

Desobedecer para crear.



De haber estado en Tomé, habría votado alegremente por Fernando Espinoza, candidato a concejal que tuvo que ir lamentablemente dentro del pacto Juntos Podemos. Habría votado por él porque le creo, porque la Democracia construida desde su base es una cuestión que ellos y ellas allá tan lejos también se creen. Porque hay un sello autonomista indesmentible en su trato con las personas, en su respeto a los deseos y las ilusiones del pueblo. Y de haber estado en alguna comuna donde iban candidatos del ANDHA Chile a Luchar, también habría votado por ellos y por ellas, gente sencilla, honesta y resistente a las múltiples maneras en que se expresa todo el poder y las maquinarias de los poderosos.

Pero inscrito desde siempre en Conchalí, la política sin sentido de un municipio concertacionista, una derecha cavernícola y una izquierda que implanta candidatos como se hace en las formas más rancias de hacer política: guácala!. Anulé y punto.

Hace mucho que dejó de tener sentido para mí eso de “resistir la sirena electoral es de excelencia revolucionaria”. Hoy anulé mi voto no como consecuencia de un puritanismo político ni como víctima de alguna fiebre ultrista, lo hice por una cuestión bastante simple: puro sentido común.

Entonces, hoy anulé porque quise decirle que no a la derecha, a la concertación y a la izquierda. Desde ninguna de esas fuerzas, en ninguna de sus expresiones políticas locales, se construye comuna para las personas, en ninguna se responde al sentido común de la persones comunes. Más bien se regocijan en sus relaciones de poder, en su forma política basada en el cálculo, entendiendo que las personas y todas las circunstancias que las rodean son apenas la expresión minimizada de un porcentaje que le da a la figura “partido” más o menos poder. El voto así entendido, no pasa de tener como valor los seiscientos y tantos pesos que establece la ley electoral.

Anulé, y puse en mi voto que eso no me anula, porque creo que a la política en Chile le falta una profunda bocanada de aire fresco, una dosis potente de decencia, una pequeña revuelta que haga la diferencia. A Chile le hace falta Autonomismo, no solo multiplicado en las facultades universitarias, le falta Autonomismo a las construcciones locales, ahí donde los partidos tienen como argumento para acumular Poder la repartición de canastas familiares, las promesas de empleos municipales, los juegos de camisetas o los paseos a la playa con el club del adulto mayor. Está faltando la construcción de un proyecto político que vuelva a mirar el país completo, que le vuelva a creer el país entero, pero leído de localidad en localidad, de comunidad en comunidad.

Este cambio no se hace creyendo en la falseada capacidad rehabilitadora de quienes por años han sostenido el modelo económico que maltrata a las mayorías, para titularse ahora de “díscolos” y jugar con todos al sobajeo como forma de hacer política.

Hay que creerle a un proyecto político que no surja de las lecturas mecanizadas y ciegas de quienes siguen pensando el mundo como era hace doscientos años; hay que creerle a un proyecto político que no surja del desprecio absoluto que siente la derecha y su pasión perversa por le mercado. Hay que creerle a la construcción de un proyecto político autonomista, porque las condiciones previstas por la derecha, por el centro y por la izquierda son reducciones de la realidad: está faltando la mirada autonomista, está faltando autonomismo. Ya es tiempo, ya se demostró todo lo que se podía demostrar en el ámbito universitario, hay que abrir las puertas y emerger.

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